Sobre la libertad, la presencia y el control en la era digital
Estamos presentes, siempre. O al menos lo intentamos.
En un tiempo en el que no estar en línea equivale casi a no existir, publicamos contenido no tanto para comunicar, sino para dar testimonio de nuestra existencia. Una publicación no dice: “quiero hablar contigo”, sino: “aquí sigo”.
Pero, ¿a quién pertenece, en realidad, este “aquí”?
Somos lo que Adrian Fartade denomina siervos de la gleba digital. Habitamos parcelas virtuales en concesión. Cada cuenta es un pedazo de tierra que no poseemos: podemos cultivarlo, pero la cosecha enriquece a otro. Nuestro valor —likes, comentarios, visualizaciones— es un valor extraído, monetizado en otro lugar.
En esta economía de la visibilidad, somos productores inconscientes de contenido y, al mismo tiempo, consumidores voraces de sentido. Pero la libertad, la verdadera, se vuelve delgada. Para evitar la “pena de muerte digital” —el cierre de la cuenta, el exilio algorítmico— aprendemos a hablar con asteriscos, a endulzar el disenso, a respetar reglas escritas y sobre todo no escritas, cada vez más opacas.
Y como si no bastara con cuidarse del señor feudal, también hay que temer al vecino. Como en las viejas dictaduras, basta con despertar la envidia o la antipatía equivocada para que alguien, tras una pantalla, pulse “denunciar”.
El control no viene solo desde arriba, sino desde los costados. Es una vigilancia distribuida, hecha de ojos invisibles y juicios instantáneos.
El poder ama servirse de los ojos del vecino.
Así, la plaza digital no es una comunidad: es una multitud. Una plaza antigua, más parecida a las reales del pasado que a un salón educado.
Ahí encuentras a quien pasea y a quien mendiga, a quien se exhibe y a quien muere de hambre, a quien da a luz nuevas ideas y a quien es lapidado con un clic.
Estar presente ya no significa ser visto.
Quien no está, parece ausente.
Quien está, puede perderse en el ruido.
La pregunta, entonces, ya no es si estar o no sino:
¿Cómo estar sin convertirse en un fragmento más entre millones?
¿Cómo hablar sin prestarse solo a la máquina?
¿Cómo seguir siendo humanos en una plaza donde cada gesto puede convertirse en moneda, mercancía o condena?
Las palabras también tienen dueño.
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Etiquetas: autenticidad, equilibrio online-offline, presencia, reflexión
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Mauro Bonello es formador y coach certificado con casi 30 años de experiencia. Promotor y curador de iniciativas editoriales, se desempeña también como brand ambassador de Primum Movens. Actualmente es el director responsable de GOTA, la revista cultural digital dedicada al crecimiento personal, la reflexión y el bienestar.
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