Del primer deepfake de la historia a los peligros de hoy
Cómo un error técnico de 1953 anticipó los desafíos de la era digital
Era una tarde de marzo de 1953, y en Italia los pocos afortunados poseedores de televisor asistieron a un espectáculo imposible. En sus pantallas temblorosas, entre los dirigentes del Partido que portaban a hombros el ataúd de Stalin, estaba increíblemente él mismo: el dictador soviético ayudando a transportar su propio féretro.
Lo que hoy llamaríamos el primer «deepfake» de la historia fue en realidad un error técnico de la RAI [Radio Televisione Italiana], que había mezclado imágenes de archivo con las tomas frescas del funeral. Pero setenta años después, cuando la inteligencia artificial puede hacer decir a cualquiera cualquier cosa, aquella pifia inocente parece proféticamente actual.
El truco era simple como una prestidigitación mal ejecutada
Los técnicos de la RAI, pioneros de un oficio que aún no existía, habían hecho lo que parecía obvio: recurrir al archivo para narrar la muerte del «Padre de los pueblos». Entre revelado de película y montaje pasaban días, el tiempo apremiaba, la noticia era importante.
«Los telespectadores que en 1953 podían permitirse un televisor», relata Walter Veltroni [escritor italiano] evocando las memorias de su padre periodista, «si hubieran prestado un poco de atención habrían notado que en el servicio emitido estaba el mismo Stalin entre los portadores». La explicación era sencilla: «Todo se filmaba y entre revelado, impresión y montaje transcurrían horas y a veces días».
Así Stalin logró la hazaña que ni siquiera los faraones de Egipto habían conseguido: participar en persona en su propio funeral.
La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad – Francis Bacon
De la película al algoritmo: qué ha cambiado
Hoy aquel problema técnico parece casi tierno. Ya no tenemos a Stalin cargando su propio féretro por error —tenemos a Stalin que puede volver a la vida cuando queramos, decir lo que queramos, hacer lo que queramos. Basta una buena AI y unos minutos de procesamiento.
La tecnología ha transformado un error tosco y reconocible en un arte refinado e invisible. Donde antes se necesitaban estudios televisivos y competencias especializadas, hoy basta un teléfono inteligente. Donde antes un error alcanzaba a cincuenta mil espectadores, hoy un vídeo falso puede volverse viral en minutos llegando a miles de millones de personas.
Pero en el fondo, nada ha cambiado realmente. Entonces como ahora, la mayoría de las personas cree lo que ve. Entonces como ahora, una vez que una imagen entra en la cabeza de alguien, es dificilísimo desarraigarla. Entonces como ahora, quien controla las imágenes controla la realidad.
La playa sucia de la información
«La playa de Nápoles está sucia porque es de todos y por tanto no es de nadie», decía un politico en una entrevista. Así se ha vuelto la información: un bien común que nadie se siente en el deber de proteger. Cada cual arroja su basura, nadie la recoge.
Pero ¿quiénes son estos «todos» que pisan la playa digital y la van ensuciando? Tres tribus distintas, cada una convencida de estar en lo cierto:
El hipercrédulo se traga todo lo que le pongas delante. Es el heredero de quien veía a Stalin en su funeral sin percibir nada extraño. Si está en internet debe ser verdad, si lo ha dicho la televisión aún más.
El hiperescéptico ha decidido que todo es falso por principio. Periódicos, televisión, redes sociales: todo una conspiración. Se ha vuelto tan hábil dudando que ha olvidado cómo creer incluso las cosas verdaderas.
El nihilista informativo es el más peligroso. Ha comprendido que la verdad se ha vuelto un lujo demasiado caro, y entonces se escoge su realidad a medida. No le importa si es verdadera o falsa, basta con que le guste.
Los momentos de máxima vulnerabilidad
Estos tres arquetipos los encuentras en todas partes, pero especialmente en los momentos más frágiles de la vida. Los adolescentes, que construyen su identidad y abrazan cualquier historia que los haga sentirse parte de algo. Los ancianos, aislados en un mundo que cambia demasiado deprisa. Y todos nosotros durante las crisis, cuando el estrés y el miedo apagan los controles racionales.
La paradoja es que hemos democratizado el acceso a la cultura, pero al hacerlo hemos perdido la capacidad de distinguir a Mozart de una sintonía publicitaria. Cuando todo tiene el mismo peso, cuando Dostoievski y un meme ocupan el mismo espacio en el feed, ¿cómo desarrollamos el gusto para reconocer la calidad?
Las estrategias de supervivencia
La solución no es apagar las pantallas o volver a los periódicos de papel. Es aprender a navegar con sabiduría en un mar de informaciones. Igual que hemos aprendido a cruzar calles muy transitadas sin dejar de caminar.
En el plano individual, hace falta desarrollar la «duda metódica» de los científicos: no creer nada hasta haberlo verificado desde al menos dos fuentes distintas. Cultivar el arte de la lentitud: antes de compartir, respira. Reconocer los disparadores emocionales, porque cuando algo nos enfurece demasiado es el momento en que el cerebro desconecta los controles.
En el plano tecnológico, estamos construyendo herramientas que reconozcan los falsos, sistemas que certifiquen la autenticidad, plataformas que premien a quien verifica. Pero la tecnología sola no basta.
Hace falta una revolución cultural: volver a valorar la profundización en lugar del consumo veloz, la transparencia en lugar del misterio, la complejidad en lugar de las respuestas fáciles. Reconstruir confianza a través de reputaciones construidas con tiempo, no likes recogidos en un día.
La lección de Stalin
Stalin logró cargar su propio féretro por un error técnico. Hoy podría hacerlo por elección. La diferencia entre error y engaño reside toda en nuestra capacidad de reconocerla. Y esa capacidad —esa sabiduría tan antigua como el hombre— no la enseña ninguna aplicación. Se aprende solo equivocándose, dudando y empezando de nuevo.
Como aquellos pioneros de la RAI que, una tarde de marzo de 1953, aprendieron que también las imágenes pueden mentir. Incluso sin quererlo. Y como nosotros, que estamos aprendiendo que la libertad de información incluye también la libertad de ser engañados.
La única defensa verdadera es aprender a no querer ser engañados. La playa puede volver a estar limpia, pero hace falta que alguien se ocupe de mantenerla así. Y ese alguien, al final, somos todos nosotros.
Enlace al video original de la RAI
Etiquetas: atención plena, claridad mental, pensamiento creativo, reflexión profunda, sabiduría práctica
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Mauro Bonello es formador y coach certificado con casi 30 años de experiencia. Promotor y curador de iniciativas editoriales, se desempeña también como brand ambassador de Primum Movens. Actualmente es el director responsable de GOTA, la revista cultural digital dedicada al crecimiento personal, la reflexión y el bienestar.
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